sábado, 30 de abril de 2011

La metáfora social del ruido en la contemporaneidad

El ruido[1] no puede encontrarse desde el sentido común de nuestra realidad contemporánea como un fenómeno apolíneo, ya que a este se le cataloga bajo la etiqueta profana de anarquía y rebeldía, que encuentra correspondencia con la nulidad de la facticidad de la existencia ante el esquema de la realidad social como sinfonía ordenada y democrática. Nuestra sociedad deniega el ruido hacia sus enemigos, en él ven la irracionalidad como la desteologización de la racionalidad que niega también el sentido de emancipación.

  La vanguardia viene a romper esas concepciones; la iluminación profana del que hablaba el filosofo y pensador Walter Benjamin se devela como la reacción dialéctica-critica que se impone contra lo naturalizado, lo sacralizado y teologizado, somete a la critica los mecanismos por los cuales la sociedad ve su deformación y la reproducción de la misma. El autor del ruido (en este caso el compositor o el interprete del mismo) ve ante sus ojos también la “iluminación profana”: en este es firme la idea de la secularización ideológica; las ideologías permean ante el desarrollo estético musical, imprimen con ello un fantasma quimérico que solo expresa odio y diferencia ante el carácter polifónico, que en ultima instancia de esta está circunscrita la realidad.

  La naturalización de la sinfonía en nuestro psique hace menester la alienación; la sinfonía es la disonancia y la nihilidad de nuestro propósito humano: la libertad; la sociedad de nuestros días se ha lanzado en la composición de una organización de sonidos que prioriza una notación totalitaria en tanto se olvida de los otros: es la nihilización de la filosofía de la totalidad  llamada por Theodor Adorno (famoso musicólogo y sociólogo) años tras, sin el amparo de dicha filosofía la sociedad se sigue desarrollando bajo la nihilidad del prójimo, con ello su auto-destrucción. El “Eros” o el placer del cual tanto hablaba Sigmund Freud desaparece en la inmanencia del ser ante la trascendentalidad de una musicología egoísta que se ampara sobre la filosofía del plusvalor: El neoliberalismo. Con ello creando las condiciones materiales de existencia que perpetúan en nosotros la interpretación a través de nuestra existencia de la sinfonía del egoísmo.      

  El papel estético de la vanguardia y la inclusión propiamente del ruido nos hace pensar más que en su “absurdidad”, en el sentido de critica hacia lo natural o lo normal, nos remite a pensar el hecho de que la teologización no existe, y que por este mero hecho no existe cosas absolutas, sino, el sometimiento a la critica de las cosas por si misma, y la re-interpretación de estas. El papel del ruido circunscribe la racionalidad, es la transformación de esta; nos pone a pensar también (a través de la mimesis[2]) la incidencia en la maleabilidad de la conformación del inconsciente y del subconsciente, no solo individual, sino también en lo social.

  Si nos remitimos a la destrucción mimética que hace el ruido sobre la naturalización de la armonía, vemos en este un rasgo característico de la historia: su carácter destructivo; la historia al gestarse y descansar sobre los cambios (en algunos casos más dinámicos que otros) ve en ella su carácter deconstructivo y a su vez el destructivo. El ruido se remite a la mimesis de la irracionalidad con la cual ha caído la hiperracionalidad de la sociedad, hiperracionalidad que ha creado una nueva religión: La teología del mal, el papel de la redención hacia el mal crea las condiciones materiales para que se gesten las peores atrocidades, atrocidades que solo se ven bajo las líneas apolíneas de la sinfonía que promulgan las formas culturales, llámese: Medios de comunicación, educación, filosofía, etc. Sin el ruido, no pensaríamos nuestro estado de cosas, este antes de preferir su embellecimiento prefiere darnos una visión completa de lo que nuestros ojos dejan de ver. El ruido entonces, se expresa como la teología del bien, la verdad inmanente, verdad que no se vanaglorisa sino que busca siempre su autocrítica, en tanto, no impone una forma establecida y absoluta; en este no se revise un modelo esquemático, solo es, pero es, en tanto sea, disonante consigo mismo, evitando delegar la critica hacia sus detractores: la sinfonía burguesa. La sinfonía burguesa se expresa como la sinfonía que se impone sobre la disonancia social, priorizando sus propios intereses y los de una elite. Su interprete contrapone esto. El interprete por ende se expresa como un ente dialéctico y para-sí-mismo, el cual ve en él todo su sentido de libertad, en tanto, posee la autonomía de poder elegir y de imponerse contra la tradición. 

  Ninguna obra social esta finalmente terminada, este movimiento maneja la perpetuidad, la sociedad no deja de hacer disonancia, ella es su trascendencia, bajo esta se viste y bajo ella se distingue. Lainstrumentalización de la sociedad deniega al para-sí-mismo de ser compositor-interprete a ser una simple instrumento musical (arpa-guitarra o piano) con el cual los burgueses buscan su legitimación para mantenerse y ocuparse dentro del escenario social como directores de orquesta. Por ello el ruido en la sociedad hace un sitio, busca su espacio, espacio que lamentablemente es denegado por laracionalidad unidimensional que imprimen los compositores burgueses

  Bajo este lienzo digital, no queda más que hablar del ruido como algo superior a un caos lúcido y a un fenómeno socio-estético construido socialmente; se habla también de una critica, y como tal, merece ser aclamada ante la fetichización sinfónica. Tal vez, solo talvez, si John Cage estuviese vivo encontraría las mismas palabras (probablemente mejores) para poder explicar del disgusto por el cual se reviste el ruido.

[1] [Das Schaben- Einstürzende Neubauten] http://www.youtube.com/watch?v=Hu0YcYLyiRs
[2] Entendida esta como el lenguaje de las cosas desde la Teoría Estética contemporánea.



No hay comentarios:

Publicar un comentario