sábado, 26 de marzo de 2011

El placer de la destrucción

“El placer sigue estando sometido a la autoconservación para la que el mismo había educado a la razón, entretanto depuesta.”
-Theodor Adorno (Dialéctica de la Ilustración. P.46).


“El carácter destructivo solo conoce una consigna: hacer sitio; solo una actividad: despejar.”
-Walter Benjamin (El carácter destructivo. P.159).

   La automatización de la sociedad solo se sostiene ante un orden preexistente; la preexistencia de un orden hace menester que la automatización de la sociedad logre su cometido, su facticidad, al acoplarse correctamente tanto en el plano metafísico como en el material del actor social; la metafísica de la sociedad se encuentra conformada por la racionalidad, esta se devela como el espíritu de toda automatización de la sociedad, encuentra su volatilidad en la materialidad, eclosionando en la praxis. Antes de toda automatización de la sociedad, se antepone a ella, la huella de la destrucción.

   La huella de la destrucción siempre ha estado ahí en la historia; se sabe desde la física cuántica el caos característico del cual se circunscribe, a través de la síntesis dialéctica llamada: materia, y que esta se conforma en el espacio, debido a la explosión conocida como Big Bang.   

   En la huella de la destrucción encontramos siempre la oportunidad del cambio, para el bien o el para mal, ella hace su sitio[1]; su maleabilidad en el devenir ha radicado en la teología del mal con el que la sociedad a visto su opacamiento ante la negativa emancipatoria alimentada por la codicia de unos pocos, sostenida en la racionalidad de los muchos; esa racionalidad de los muchos es menester gracias a la hiperrealidad creada ante nuestros ojos, en donde, el caos revestido con su halo de lucidez reina, y la inmanencia de la otredad se apaga por la trascendentalidad del ser, en el paradigma de una filosofía egoísta. Es aquí, en donde el placer de la destrucción se hace notorio en la filosofía de la historia; la destrucción encuentra su placer en la inmanencia, solo existe placer en la destrucción cuando la destrucción existe en ella; es en ella entonces donde vemos su doble propósito y maleabilidad, una forma de placer remite hacia la colonización, y su contracara remite a la desteologización de la trascendentalidad de dicha colonización. La inexorabilidad en el ámbito social la hace acreedora de agente de cambio social, que si bien funciona como un agente de volatilidad, eliminadora de toda redención del mal, encuentra dentro de ella su “carácter destructivo” para con la sociedad.

   Sobre el placer de la destrucción, yacen filosofías, ciudades muertas, héroes sin conocer; sobre el placer de la destrucción encontramos otros mundos, otras formas de vida, en ella vemos la prehistoria, pero también, vemos nuestro futuro, por ello el placer de la destrucción es un oráculo, el oráculo del cambio; el placer de la destrucción es tan fuerte que es capaz de crear las condiciones materiales de existencia que condicionan el accionar de los agentes sociales, y se verán en ellos la reproducción de dicho placer.  

   El placer de la destrucción encuentra en la contemporaneidad la esclavitud de la humanidad, se aferra al tanathos, se alimenta de la muerte y la destrucción que el para-sí mismo sufre, educándosele para sentir placer en ello. En el decurso de la humanidad siempre se ha encontrado esto, desde la horda de Freud hasta el modelo marcussiano, encontramos siempre una historia que se remite hacia su autodestrucción, a la vez que predica una autoconservación; nuestra hipermodernidad se ha caracterizado por esto, a pesar de ser la sociedad más moralista en la historia, nunca se ha hablado de su autocrítica y de la moral de la misma, se da una teologización de ella, la adjudicación de la critica se delega solo a los detractores de la hipermodernidad, no existe cabida para la destrucción dentro de la presente destrucción, por ende no crea, en su defecto, es autoritaria; ante ello, la sociedad “educada” encuentra dichas criticas no solo como profanas, sino absurdas, gracias al halo de redención del cual se reviste lo aprendido, su carácter áurico. Petrificando con ello, la destrucción de sus críticos, reduciéndola a profanidad. Profanidad que por si misma, es egoísta, ya que, en él solo busca la desprofanización, busca su muerte, pero a su vez, la vida misma, al desteologizar los valores colocados como trascendentes eliminando su etiqueta de imperativo.

   El placer de la destrucción, jamás, puede llegar a ser ante la sociedad una praxis apolínea en su completud, ya que, no es totalmente aceptada, en su defecto, el placer de la destrucción (critica) es desterrada creando con ello, un mundo apofático, alejado de la facticidad, caracterizado por la nihilidad de los conflictos y la aceptación de la destructividad hegemónica, destructividad que deconstruye nuevas formas totalitarias que tienen cabida en la fase hipermoderna. 

   Con ello vemos, una historia que se caracteriza por su carácter creador y deconstructivo, por ende destructivo; de su destructividad se alimenta su inmanencia para con el placer, es cuando entonces hablamos de una historia que se alimenta por el placer de la destrucción, sus formas de destrucción en el devenir han elegido la dominación y la colonización antes que su emancipación. Estamos ahí, ante una instrumentalización del placer de destrucción, del cual como he reiterado, es una característica de la historia hasta ahora.


1 de Febrero del 2010






[1] Benjamin, Walter. El carácter destructivo. Discursos Interrumpidos I. Pág. 156


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